Irupé, la flor del deseo

Irupé, la flor del deseo


Cuentan las y los descendientes de los pueblos que habitaron a orillas del Paraná hasta la llegada del conquistador, que en la comunidad guaraní vivía una joven llamada Irupé. A los ojos de las demás personas ella era diferente.


Su pueblo veneraba y obedecía las leyes de Tupá, el dios supremo. Le otorgaban al creador de la luz y el universo la potestad de definir y escribir su destino. Irupé, como toda mortal de aquella comunidad, desconocía los designios escritos para ella, salvo el que toda mujer debía honrar: la maternidad.


Cada noche, sentada a la orilla del río, esperar la llegada de Jasy, la luna. Admirando su blancura y belleza comenzó a cantarle canciones de amor que se escuchaban prestando atención al vaivén del viento. Ella no deseaba otro ser humano. Deseaba la mismísima luna, la morada de Arasy, la madre del cielo.


Tupá vió una amenaza en aquel deseo. Una joven mujer que desafiaba los designios terrenales queriendo unirse a una deidad. La armonía del universo se sostenía mientras dioses y humanos ocuparan su lugar. Además, la unión de hombres y mujeres garantizaba la descendencia. Dos figuras femeninas jamás debían unirse, el placer no podía reemplazar el deber.


Aun así, cada noche, Irupé continuó expresando su amor por Jasy junto al Paraná. Ésta, alcanzada y acunada en estas dulces canciones que conmovían a toda la comunidad, jamás respondió de modo alguno. Nunca se supo si su silencio distante e indiferente respondía al rechazo hacia Irupé o al temor de desafiar el orden impuesto.


Una de esas noches, cuando las aguas se aquietaron y el Paraná le sirvió de espejo a la luna, Irupé creyó que al fin podría abrazarla. Persiguiendo esa luz imposible se arrojó al agua, encontrando solo profundidad, corriente y barro. El río, implacable, la engullió con sus fuerzas devoradoras, llevándola al fondo para pisarla con sus pies de barro.


Cuando el Paraná devolvió el cuerpo de Irupé casi sin vida a la orilla, Tupá decidió que allí debía quedarse, atada al lodo, inmóvil, incapaz de intentar nuevamente acercarse a la luna. No murió, fue transformada para permanecer allí como advertencia a quienes desearan lo que les estaba vedado.


Tupá le dió enormes hojas que se abrían sobre el agua. Con su cara mirando a Jasy, parecía ser libre de hacer eternamente aquello que deseaba, pero los bordes de las hojas contenían un límite, una cárcel. Y debajo de la superficie, el tallo y la raíz la mantenían anclada al fondo del río.


Desde entonces, cada año en la frontera entre la primavera y el verano, Irupé comienza a regalar sus flores blancas, puras como aquellas canciones de amor, como la luz lunar que despierta un sueño imposible. Las abre al ver a Jasy asomarse en el firmamento, y las cierra cuando el sol aparece en el horizonte. Al otro día las tiñe de rosa y luego de rojo, mostrando la herida que dejó aquel deseo frustrado, para que las y los mortales recuerden lo que significa desafiar a los dioses.

Mi carrito